LA RIOJA, ¿EN PELIGRO DE ESCISIÓN?, por José Peñín

La tímida respuesta del Consejo Regulador de la D.O. Rioja a la secesión de 40 bodegas de la Rioja Alavesa me parece una concesión ante un origen del asunto más bien político. Se trata de la posible aprobación por parte del CR de la Rioja de insertar en las contraetiquetas de las botellas  el término “Rioja Alavesa” al mismo tamaño de tipografía que el nombre de la D.O. 

En un principio, fue rechazada pero, tras la crisis desatada ante la posible retirada de un tercio de las bodegas de la Asociación de Bodegas de la Rioja Alavesa (ABRA) para constituir una D.O. propia, Viñedos de Álava, es posible que el Consejo Regulador de Rioja no haya puesto grandes  impedimentos, al hilo de lo que dijo el poeta inglés Samuel Coleridge: “en política, lo que comienza con miedo suele terminar con insensatez”. Y es que la D.O. ha permitido reflejar en documentos y en folletos y libros institucionales el absurdo antecedente histórico  de las tres subzonas: Rioja Alta, Rioja Alavesa y Rioja Baja. Una división que jamás ha servido ni para las bodegas, puesto que siempre ha habido trasvase de vinos entre los tres territorios, ni para el consumidor porque no existía ninguna regularización de origen de cada subzona. Es más, esta división ha perjudicado a las bodegas de la Rioja Baja, cuyo origen ni siquiera se reseñaba en sus etiquetas. Muchos inversores se abstuvieron de montar bodegas en este territorio por el descrédito de su imagen, excepto aquellas que sirvieran como meros proveedores “secretos” de las bodegas de las otras dos subzonas. Las firmas riojanas siempre se han surtido de los municipios de la D.O. en virtud de las calidades de sus respectivos viñedos y proveedores. Una práctica muy corriente, por ejemplo, es que una marca pudiera llevar parte de vino de Tudelilla (Rioja Baja), San Vicente de la Sonsierra (Rioja Alta) o Puebla de Labarca (Rioja Alavesa) sin ceñirse a las tres subzonas. 

El argumento “oficial” de ABRA es que, con esta escisión, se liberan del corsé reglamentista de la D.O. Rioja y, en aras de la calidad, les permite una mayor libertad para destacar la diferenciación de la identidad alavesa de sus vinos. Craso error. ¿Desde cuándo un territorio administrativo cuenta con una identidad vinícola propia? El concepto de D.O., donde se  integran innumerables municipios, tal como se entiende en España, hoy día está caduco, máxime cuando estas instituciones proyectan la calidad en virtud de los tiempos de crianza, y no de los suelos y prácticas vitivinícolas de las bodegas. Siempre habrá un reglamento, posiblemente distinto, pero limitativo en la futura denominación alavesa. Lo malo es que se traslada la burocracia de la D.O. Rioja a la D.O. Viñedos de Álava, pero sin cortar con la notoriedad del nombre Rioja.  Los vinos de la Rioja Alavesa, como cualquier territorio, poseen las diferenciaciones que otorgan el suelo y microclima de cada municipio, paraje o parcela, pero nunca un carácter común. Incluso, si comparamos los rasgos globales de esta subzona con el resto de la Rioja, sus vinos son idénticos a los de la Sonsierra, que pertenece a la Comunidad Autónoma de Rioja y que comparte el mismo geoclima, así como con otras pequeñas zonas de la orilla derecha del Ebro. Otra cosa sería que el colectivo defendiera los postulados que se expusieron en el Manifiesto de Matador que firmamos un gran número de periodistas, tiendas de vinos y cosecheros, con el propósito de concienciar al Consejo Regulador de que es necesario establecer una diferenciación piramidal de calidades, viñedos y suelos en toda la D.O. y sea reflejada en la contraetiqueta.

Yo creo que las razones de ABRA van más allá, incluso, de una cuestión política como apuntan algunos medios. Estimo que es una cuestión más sentimental. Gran parte de sus asociados eran y siguen siendo los protagonistas del llamado “vino de cosechero”, elaborado por el sistema tradicional de maceración carbónica para un mercado casi exclusivo en el País Vasco y envasado en botellas sin contraetiqueta. En los años Noventa se inicia una mejora en la calidad en todos los frentes de la Rioja, coincidiendo con un repunte de la demanda. Los pequeños cosecheros comienzan a embotellar con marca, sumando a su elemental estructura una pequeña inversión  al adquirir 40 o 50 barricas para producciones de 30.000 a 40.000 botellas. Sin embargo, gran parte de su mercado es de desarrollo endógeno, siendo mínimo el trauma por no llevar el mágico nombre de “Rioja” en sus contraetiquetas. Por otra parte, aunque ABRA es una asociación auspiciada por el Gobierno Vasco compuesta por 117 bodegas de las más de 300 que existen en la Rioja Alavesa, sólo 40 han firmado la propuesta de secesión. 

Me parece razonable que el gobierno de Euskadi ayude al colectivo como consorcio de bodegas en la promoción de sus vinos desde la perspectiva socioeconómica, como negocios que son, tal y como lo obtienen todos estos grupos en el mundo, pero nunca intentando preservar una identidad enológica a nivel provincial que no existe. En cambio, los razonamientos de otro colectivo de bodegas, “ARAEX Rioja Alavesa”, son más coherentes. Es quizá el consorcio privado de bodegueros más dinámico de España en el ámbito del marketing, promoción y exportación de vinos. Javier Galarreta, director general del grupo, tuvo un papel esencial en los cambios que, tarde o temprano, tendrán que suceder en la D.O. El pasado mes de octubre  propuso, como representante de ARAEX en el Consejo Regulador, segmentar la marca Rioja, reposicionándola en función de los precios medios por categorías de vinos. Expuso que es imposible convencer a un importador para que compre un rioja de 20 dólares cuando un Gran Reserva lo puede adquirir por la mitad, al tiempo que pueden adquirir vinos a 1,50 €, todos con la misma contraetiqueta. Formuló la necesidad de crear pirámides de gama baja, gama media y gama alta o “Premium” incluso “superpremium” que compitan con los grandes vinos del mundo. Todo esto es perfectamente compatible en el contexto de vino de municipio y vino de finca. Añadió la idea de Viñedo Singular, el “Singular Wineyard”, que los importadores conocen perfectamente, como conceptos más identificativos con el lugar de producción y que el mercado valora una enormidad. Ver la excelente entrevista a nuestro colega y amigo Pedro Ballesteros. El Consejo Regulador parece más refractario al vino de municipio por una cuestión de gestión de origen, cuando, a las propias y rigurosas medidas de control sobre producción, viñedo y embotellado que ya aplican, el añadir la ubicación municipal de esos viñedos no creo que represente un papeleo insalvable.  

Pero que nadie piense que una etiqueta de municipio tiene que ser mejor que un vino de mezclar municipios, subzonas y viñedos, tal y como históricamente ha sido y es el vino riojano. Es simplemente que esta distinción informa del origen concreto. Una vez que algunas bodegas de esa localidad lo hagan mejor que otros, el propio mercado les otorgará el prestigio y, por lo tanto, sus precios más elevados pueden ser justificables.  Un ejemplo es el municipio de Margaux en Burdeos, en donde conviven un Château Bellevue du Tayac a 30 € la botella con un Château Margaux a 390 €.

Es cierto que el Consejo Regulador apoyaba un modelo de negocio global que no había atendido hasta ahora los intereses de las bodegas pequeñas, ya que representaban una parte muy pequeña de la producción. Mientras las grandes firmas permiten por su alta producción unos precios competitivos, las pequeñas no tienen otra opción que trabajar calidad. Una calidad que pasa por un laboreo de la viña, una selección de maderas para las barricas y unos rendimientos vitícolas más bajos. Esta situación hace muy difícil lograr unos precios competitivos, sobre todo en los mercados internacionales, si no se les concede a las pequeñas y medianas bodegas un distintivo de calidad.

No seré yo quien condene el modelo riojano vigente, tal y como siempre ha existido en Champagne e, incluso, también en Burdeos (etiqueta Bordeaux) y en Borgoña (Bourgogne), en donde se mezclan vinos de todos los municipios (obviamente los menos reputados). Es más, un rioja genérico es bastante mejor que sus homónimos de las dos zonas francesas.  

Así pues, la Rioja debería empeñarse menos en promociones genéricas, que solo van al volumen, e invertir en los costes que suponen crear comités de cata responsables para definir y distinguir los distintos segmentos de calidad, tanto para los vinos de mezcla de orígenes, como para los vinos de municipio, viñedos singulares o terruño.  Al final, la locomotora del prestigio riojano la impulsarán los grandes vinos y los grandes viñedos, no los 400 millones de botellas que podrán seguir vendiéndose, eso sí, pero conociendo el consumidor las distintas categorías del vino de la Rioja. 

 

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