LOS VINOS DE ELLAS, por José Peñin

Entrando en un portal madrileño, subiendo seis peldaños y una puerta a la derecha aparece un habitáculo casi clandestino donde un grupo de viñeros o viñadores (no viñerons como castellanización de vignerons, por favor) más que enólogos, nos muestran sus patrimoniosenergías e ilusiones en forma de botella. Entre todos ellos se respira intercambio, amistad, colectividad de intereses comunes y no rivalidad. Vinos de parajes y de garajes. En torno a ellos, los winelovers.

 

Fue el martes pasado y el encuentro se llama “Vinos off the Record, donde participaban pequeñas bodegas personales fuera de los perímetros del marketing y del negocio como un bien de consumo. Como su título quiere representar, son vinos que les gusta permanecer en un cierto anonimato o, al menos, que sean visibles a quienes rinden culto a esta filosofía. Y había bastantes asistentes, jóvenes en su mayoría, y jóvenes también los viñeros (me parece una bonita palabra que definía a aquella agrupación gremial de los viticultores malagueños del siglo XIX), que tras las mesas nos contaban sus peripecias, dándonos a probar sus criaturas. Observé que en este concilio de enamorados de la viña destacaban los proyectos femeninos. Una nueva generación de agricultoras del vino intrépidas, como Beatriz Herranz (Barco del Corneta) de Rueda, Julia Casado (Bodega La del Terreno) de Jumilla-Bullas, Verónica Ortega de Bierzo, Maite Sanchez del eje Madrid-Gredos y Maria Jesús Polanco del Empordà. Lavi activas, con el bagaje de un gran conocimiento de lo que tienen entre manos, firmeza y dominio del arte de la persuasión. El mundo del vino ya es de ellas. 

 

Verónica Ortega nos fotografía el Bierzo con otro paisaje. Una viñadora con unos mimbres aprendidos con Álvaro Palacio y sus prácticas bordelesas después de 4 años trabajando en la Meca del Vino. Se trasladó a esta zona por su parentesco atlántico con Burdeos y logró un vino de una mencía ligera y frutal que me recordaba a los escasos tintos potables que probé hace más de 30 años. El tinto Roc se acerca más a los ligeros vinos de Chinon o Burgueil que a los carnosos y maduros bierzos de hoy; un vino de beber y no parar.

 

María Jesús Polanco se ha adentrado en el concepto de escasa intervención técnica, mucha ecología y una visión más silvestre de sus variedades. Sus primeros vinos de uvas francesas que probé me parecieron más maduros, con menor expresión del suelo. Hoy sus vinos recogen mejor el paisaje con unas variedades que suman los de origen bordelés, como los del Ródano y, claro está, con más acento en las variedades catalanas. Me gustó el picapoll-viognier.

 

Hace unos años le dije a la joven y sensata Maite Sánchez de Bodegas Arrayan quedebido a las altas temperaturas de la zona, las castas “francesas” impuestas por el 'flying wine-makers Richard Smart, secundado por Miguel Angel de Gregorio, deberían dar paso a las propias de la zona, como garnacha y albillo, después del éxito de sus colegas de Gredos. Hoy Maite nos sorprende con su Arrayan Albillo Real rico en sensaciones cálidas de tacto y a la vez frescas y frutales y con su profundo terruño de su Arrayán Garnacha. Vinos más mentridanos y salvajes. 

 

Julia Casado titula su bodega como “La del Terreno”, no aludiendo a su persona, sino a la tradición de los viejos agricultores de Bullas de designar a la monastrell como algo propio de la zona. Julia hace honor a su categoría de “viticultorea independiente”, tan independiente que prácticamente está sola. Sus limitados recursos le dan solo para alquilar las viñas, pero a la vez recordar que los abuelos de sus arrendadores hacían el vino que ella quiere hacer con ellos, y el resultado es una tonificadora brisa fresca de sus monastrelles, tanto de Jumilla con su dejo maduro, como el frutoso y ligero de Bullas. Como ella sentencia en su web: “Elaboramos con sencillez las uvas para obtener un vino sincero, sin aditivos ni maquillajes, fiel al paisaje, a la variedad y al año climático”, el resultado es tal cual.

 

Beatriz Herranz con su Barco del Corneta tiene el valor de recuperar en la zona de Rueda las uvas que, como la viura y la palomino, poco a poco fueron descepándose desde los años Ochenta. Unos majuelos de viñas de edad incalculable. Con la palomino me emocioné al recordar algunos blancos de Rueda de los Setenta con un atisbo de velo que la engrandecía. Así se lo comenté a Beatriz, que me dio a probar su hoy considerado como una rareza. Rareza cuando el Consejo Reguladorincomprensiblemente, no permite la elaboración monovarietal de la palomino, tratándose de una uva histórica de la zona cuando abundaba más que la verdejo. ¿Es que algunos CR tratan de cargarse la tradición? Me preguntó si su verdejo -que probé- era como los de antes. Le respondí que, efectivamente, me recordaba a los antiguos ruedas de Martín Sancho, que fue el pionero en exaltar esta casta castellana con todo su atuendo de sabor y gordura.

 

...Y ALGUNOS VINOS DE ELLOS

 

Me fui a ver a Goyo Garcia Viadero, con su incursión en el Valle de Liébana con el tinto Cobero 2015, con un 80 por ciento de mencía y un 20 de palomino. Un tinto pleno de originalidad, con una frescura, ligereza y mineralidad muy propio de zonas de influencia atlántica. Conocí a su padre Gregorio García cuando inauguraba su bodega Valduero remozando una antigua cooperativa. De tal palo salieron excelentes ejemplos de hijos como Yolanda y Goyo, implicados hasta la médula en los nuevos vientos del vino de paraje. Me gustaron sus vinos de suelos, sobre todo el de caliza, elegante, sutil y también tuvo el arrojo de hacer un vino de graciano de la Ribera del Duero, Garcia Georgieba de la Finca Cascorrales, un tinto con una punta varietal maduro, diferente a los gracianos riojanos. 

 

De aquellos sumoll de antaño de uva gorda y que mandaba en los vinos corrientes catalanes de finales del Diecinueve, la bodega Esteve i Gibert, de la mano de Albert López, ha construido un tinto ya con grano más pequeño, pleno de frescura, ligereza y sabrosidad, descubriéndonos el verdadero ADN de esta variedad denostada en tiempos. Me sorprendió su merlot de suelos calizos con una personalidad y finura poco corriente en la Península (Portugal incluido).

 

Fredi Torres hace vinos en el Priorat y en Ribeira Sacra. Dos zonas opuestas en la distancia, pero cercanas en su fisonomía, incluso en sus suelos. Fredi no se ajusta al estereotipo de la mencía en Ribeira Sacra ni al de la garnacha en el Priorat. Su vino es fruto del terruño y los modos más livianos de un trabajo personal. Su Priorat Classic, por su nombre, no se parece a los que antaño bebía; aquellos vinos potentes y carnosos. Éste es fresco, frutal, fluido, un propósito difícil en la latitud mediterránea, pero también rezuma la naturaleza del sitio, un modelo de los nuevos priorats. En Ribeira Sacra, sus vinos amparados por un clima atlántico recogen el microclima cálido de sus suelos pizarrosos y graníticos y los nutrientes de los microorganismos del subsuelo, un terruño que transmite carácter.

Modificado por última vez en Martes, 02 Mayo 2017 20:03

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